Javier Reverte, El hombre de las dos patrias. Tras las huellas de Albert Camus

Javier Reverte,
El hombre de las dos patrias. Tras las huellas de Albert Camus,
Barcelona, Ediciones B, 2016, 174 pp. [ISBN: 978-84-666-5859-1]

 

Ediciones B nos sorprende con un bellísimo libro enmarcado en su colección «Papel. El periodismo es literatura», en tapa dura con cantos redondeados, guardas de cartulina negra, una tipografía generosa para el deleite de la lectura y una sección de imágenes a todo color. El volumen se presenta con una banda en verde pistacho con el retrato del autor y la cita: “Seguí la estela de la vida del autor con avidez, y decidí buscar los escenarios de sus mejores obras en Argelia. Y así eché a andar tras las huellas literarias y vitales de Albert Camus”.

Para nuestro gusto particular, creemos que es un acierto la reivindicación de un cierto tipo de periodismo, como parte indudable de la creación artística empleando la palabra. Y dentro de ese cierto tipo podría entrar el relato de viajes atendiendo a fines más elaborados que la mera relación de datos. Tradicionalmente el relato de viajes se construye ―como género― desde el desarrollo de una prosa narrativa, originada sin embargo en las epopeyas y los periplos en verso homéricos. Ciertamente toda narración es un viaje, un periplo de unos personajes dentro de unos escenarios y, así entendido, el moderno género, ensayístico, realizado en muchos casos dentro de una prosa periodística, emula ese gusto de la ficción, de la epopeya, por hacer de la vida una odisea.

Seguramente en nuestro panorama moderno español, pocos autores han desarrollado esa faceta de periodismo itinerante, o cronista de los periplos por el ancho mundo, como Javier Reverte. De ahí el extraordinario interés que suscitaba ―o al menos nos suscitaba a nosotros― la publicación de la presente obra, el relato de un viaje a Argelia “tras las huellas de Albert Camus”. Los motivos que alentaban tal expectación eran, y son, múltiples. Por un lado no son muchos los libros españoles que atienden a la realidad contem-poránea y actual de Argelia, a pesar de la enorme cercanía. Ni siquiera es posible encontrar una mediana guía de viajes al país vecino, en un país donde el turismo parece no existir y, por lo tanto, no es necesario alentar a posibles turistas. Por otro lado, Reverte había explorado multitud de regiones, especialmente africanas, y su experiencia en la materia prometía una visión especialmente aguda de la realidad argelina. A todo ello se sumaba la finalidad cultural del periplo, buscando los lugares argelinos en la geografía de Albert Camus y, tal vez, manifestar la argelinidad de uno de los pocos Premios Nobel de Literatura nacidos en África.

Pero, para no demorar más la cuestión, y decirlo directamente, nos sorprende que, muchas de las reflexiones que relata el autor, acompañado por el bueno de Houari ―guardaespaldas y criado puesto a su servicio por el hispanista Ismet Terki― son, en su gran mayoría, impresiones demasiado hoscas. Y no es que sean negativas, es que parecen simplemente, y a pesar de los pesares, impresiones de un viajero que está de vuelta, y no tiene ni tiempo ni ganas de hacer concesiones. Sin duda salpica de vez en cuando la agudeza del periodista, de quien describe, o dice describir, asépticamente, lo que ve. Pero claro, con ojos occidentales o, más probablemente, ya demasiado cansados como para disimular la incomodidad. Quizá una perspectiva antropológica ayudaría más a desentrañar la cuestión de esa asepsia, y más que la crítica periodística, encontraríamos un escenario en donde seres humanos se nos hacen comprensibles, o al menos, el observador trata de hacerlos más comprensibles. Pero tal como la presenta Reverte, la Argelia actual es un periplo bastante terrorífico.

Tras una brevísima explicación, el autor abre el primer capítulo “Rumbo al mal”. Aún no sabemos muy bien a qué mal se refiere; podría ser a las perturbaciones que hay detrás de las novelas de Camus, El extranjero, La peste, El primer hombre, pero ciertamente no encontramos un fragmento donde esto quede explícito. Por el contrario el relato comienza con una visión de Alicante y los alicantinos bastante segregacionista: “El muelle alicantino ofrecía el aspecto de un zoco magrebí en lo que estos tienen de ruidosos, multitudinarios y vitales, de negociación y chanchullo, de aromas a hierbas y a piel humana…, faltaban solo los burros, las mezquitas y los almuédanos, pero sobraba gente que te ofrecía cambio en negro de moneda argelina y algún que otro porro de grifa. Argelia empieza en los muelles de Alicante en los días en que parte el transbordador rumbo a Orán o a Argel” (p. 16). En fin, Reverte nos podría haber explicado mejor que ese “rumbo al mal” tenía más que ver, quizá, con la playa oranesa de Bouiseville, que inspiró el crimen de El extranjero, que con la imagen que se da de Orán. Y ya es lástima, pues el viajero se toma a broma la búsqueda del espíritu del lugar, con el agravante de ser un español en la hispanísima Orán: “Sidi El Houari ofrecía un aspecto miserable, con sus casas rotas y gente muy pobre vagando en las calles, algunas de las cuales mostraban viejos carteles con sus nombres, casi todos de ciudades hispanas. ¿Era esa «el alma muy vieja y muy española» de Orán de que me habló Fatma?” (p. 59).

Extrapolando la cuestión, si un viajero español va a la actual Manila, con las mismas ganas que Reverte por penetrar el alma manileña, encontrará seguramente el mismo panorama desolador, o peor, un ‘pestilente nido de prostitución’. Y sin embargo, Manila, como Orán, descubren al viajero que busca un alma, que pronto siente cercana, entendible. Ni siquiera la mención y visita a la mítica plaza de toros de Orán parece impresionar al escritor, que resueltamente la califica como “el único campo de fútbol del mundo en forma redonda”. Bonita forma de ridiculizar la precariedad actual, y el abandono del patrimonio cultural. Pero es que el volumen no deja en mejor lugar a la maravillosa Tremecén (que llama Tlemecén, cuando no existe la combinación /tl/ en castellano), de la que prácticamente no dice nada: “La más hermosa pieza arquitectónica de Tlemecén es una esbelta torre de la ciudad vieja, hoy abandonada y situada a unos pocos kilómetros del centro de la urbe actual: la torre de la Mansurah” (p. 82). Ni está en la ciudad vieja, ni está abandonada, ni es la única joya tremecení. Está claro que este libro no sirve como reclamo turístico para visitar el Oranesado (no sabemos de dónde procede Oranía, que emplea Reverte).

Pero en el segundo capítulo, “Rumbo a la luz”, parece que la imagen que se presenta, ahora de la ciudad de Argel, incide en un camino menos tenebroso que el precedente. Reverte se sube a un tren acompañado de Houari para pasar una semana explorando la geografía vital de Camus, una geografía donde el sol mediterráneo hace de esta parte del norte de África un lugar inscrito en el mito griego y azul, también francés. Mientras nos cuenta bastantes andanzas junto a su escudero Houari, el quijotesco Reverte se adentra en las mazmorras que parecen acompañar al recuerdo de Albert Camus en la actual Argel, incluso en el mismo instituto en el que estudió, el Liceo Bugeaud. El director del instituto le repite lo mismo que mucha gente a lo largo el viaje, Camus no era de los nuestros” (p. 126). Esa respuesta tan contradictoria para la verdadera constitución de una cultura argelina moderna que pretenda asumir su papel en el concierto de las naciones ―como ya señala Waciny Laredj― desconcierta igualmente a Reverte, quien insiste a sus interlocutores del peso que, también, o sobre todo, para la cultura argelina, tuvo la figura de Camus.

Entre rutas arriesgadas por la Casba, y recuerdos del cautiverio de Cervantes, Reverte relaciona una serie de autores modernos de la literatura argelina, en francés claro ―pues de la árabe no se dice nada― entre ellos un tal Kaleb Yocine (p. 135). Seguramente se refiera a Kateb Yacine (1929-1989), autor entre otras obras de la mítica novela Nedjma (1956). Hay otra serie de erratas en el libro que señalamos a título de poder ser atendidas en la segunda edición: “El bar de [se] llamaba” (p. 52), “Asi [Así] era Argelia” (p. 72), “sus necesidades y procedido [procedió] en consecuencia” (p. 100), “Su parte árabe de [se] llama Casbah” (p. 145), “frente [a] los campos” (p. 159), “Bsarzakh [Barzakh]” (p. 170).

Queremos al menos reseñar por último la aparición de un personaje oranés que hace una explicación bastante estrambótica del topónimo de Alicante, todo lo cual va sumiendo al volumen en un periplo, si no cervantino, sí ciertamente kafkiano: “Una vez un moro que se llamaba Alí estuvo allí y cantaba bien. Y los españoles dicen: “Ali canta”. Y por eso Alicante…, por «Alí canta»” (p. 69).
En conclusión, el libro ofrecía una serie de alicientes indudablemente interesantes sobre Camus, la Argelia moderna y las experiencias de un magnífico viajero y periodista como Javier Reverte. Creemos que con un poco más de cuidado, en la forma, y quizá algo en el fondo, el libro podría haber contribuido brillantemente a engrosar la magra bibliografía española sobre la actual Argelia. En un país tan maltratado, en su gente y su cultura, con un siglo XX tan devastador, seguir maltratándolo desde nuestra plataforma septen-trional no ayuda a dignificar y reconstruir los valores patrimoniales de esta comunidad humana. Pero insistimos, y queremos que quede claro, que el libro no deja de ser un volumen interesante que invita a reflexionar sobre varios aspectos, el abandono del patrimonio cultural, la decadencia, la memoria (o desmemoria) de la obra de Camus y, sobre todo, el principal que subyace al texto: la precariedad de la construcción de una Argelia moderna mientras no se resuelvan las heridas heredadas del colonialismo. Al menos el periplo se culmina con la ansiada Ítaca: “un gran escritor nos pertenece a todos” (p. 109).

Isaac Donoso

 

El hombre de las dos patrias

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