El descenso. Relato breve de Zuhūr Wanīsī

El descenso. Relato breve de Zuhūr Wanīsī

Natalia Blas Hernández
Universidad de Córdoba

 

Nota introductoria

Zuhūr Wanīsī (Zehour Ounissi / زهور ونيسي) nació en torno al año 1936 en la ciudad de Constantina. Estudio los grados en Literatura y Filosofía y posteriormente también Sociología. Es sobre todo reconocida por su singular carrera política a favor del FLN (Frente de Liberación Nacional), partido político argelino que lideró la indepen-dencia del país respecto a Francia en 1962, y gobernó la nueva República con carácter de partido único hasta 1991, cuando fue introducido el multipartidismo. En 1982 fue nombrada Ministra de Estado de Asuntos Sociales en el Gobierno de ‘Abd al-Gānī III, convirtiéndose en la primera mujer en dirigir un ministerio en la historia de Argelia. En 1984 fue jefa del Departamento de Bienestar Social en el Gobierno de al-Brāhīmī I. Desde siempre ha luchado por la liberación de la mujer y la igualdad, una democracia real en el seno de una sociedad argelina moderna.
La voz de Wanīsī se escucha desde 1955, con la publicación de su primera obra literaria en tiempos de la Argelia francesa. Es pionera en cuanto a la escritura femenina contemporánea en lengua árabe. Ha escrito numerosas obras, sobre todo en prosa, entre ellas las colecciones de relatos breves Al-Raṣīf al-nā’im / الرصيف النائم, “El pasaje durmiente” (1967), y ‘Aŷā’iz al-qamar / عجائز القمر, “Viejos de la luna” (1996), y las novelas Min yawmiyyāt mudarrisa ḥurra / من يوميات مدرسة حرة, “Diario de una maestra libre” (1978), y Lūnŷa wa-l-Gūl / لونجل والغول, “Lunya y el ogro” (1996)

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El descenso

Llamaba la atención de todo el mundo, la respetaban tanto jóvenes como adultos. Profesora de árabe, lo fue después de corte y confección.

La gente comenzó a mostrarle actitud de respeto cuando ella era una jovencita de no más de dieciocho años. Entonces, la sociedad estaba privada de su lengua, de su historia y sus valores. Aquél que conocía bien la lectura y la escritura del árabe era considerado un entendido, un estudioso, también un santo.

Una joven rebosante de energía, actividad y esperanza, incluso para aquellos que venían de perder esa esperanza, y que consideraban el espíritu y el cuerpo algo fútil. La enseñanza se había perdido entre charlatanería, reproches y difamación. La santidad se perdió en el abismo de la ignorancia y de los rumores… los días pasaron.

Y aquí se encuentra en el umbral de los sesenta. ¿Qué ocurrió entre los años veinte y los sesenta? ¿Qué encierran y qué contienen esos largos años? ¿Qué acontecimientos, qué hechos, qué sacudidas han acarreado?

Nadie se atrevía a pensar en todo esto. Únicamente ella era capaz de devolver a los días su palpitación y a los recuerdos su vitalidad perdida, sin ningún adulterio ni redecoro. Sólo ella era capaz de ser honesta consigo misma, y con lo que había padecido a lo largo del tiempo. Solo ella era capaz de revisar la película de la vida que guardaba en su interior, imágenes llenas de aquellas circunstancias en las cuales, lo que menos se puede decir, es que no habían sido nada favorables para las mujeres. Ella era la única capaz de mostrar la oscuridad de las emociones y sentimientos que había vivido con audacia y coraje en circunstancias en que la mujer no tenía ni siquiera el derecho de saber el color del exterior de la puerta de la casa en que habitaba. Las mujeres no tenían el derecho de hablar ni de sonreír, salvo dentro del círculo más estrecho.

A medida que aprendió y adquirió otros conocimientos al margen de los versos coránicos, se volvió maestra, es decir, trabajadora que obtiene un salario a fin de mes. Esto era audacia y coraje, por no decir, como algunos, una perversión, o como otros, el progreso. En medio de todo esto las mujeres estaban perdidas, desvanecidas, a excepción de una pequeña minoría, donde toma parte nuestra heroína, hoy cerca de sus sesenta años de edad.

¿Qué queda de esta vida para volver a engañarnos? Tal vez, fue una trampa de un día, un medio inocente para alcanzar un objetivo. Pero hoy, en el umbral de los sesenta, la mejor forma de que la mujer corone su existencia es la sinceridad y la honestidad consigo mismo y con los demás; de llevar estos toques de sinceridad que dan pureza al resto de los días de la vida y hacer de esa experiencia una lección beneficiosa para otros. Su vida, a pesar de su similitud con la vida de otros, puede ser contada como una experiencia entre otras.

Y por qué no, siempre que toda experiencia sea como fue, aunque sea una experiencia superficial, independientemente de su provecho o la fuerza de su impacto.

Y aquí se encuentran hoy, con todas las circunstancias favorables para que una mujer en el umbral de los sesenta sea audaz.

Se levantó esa mañana y abrió la ventana de su casa, que daba al barrio más importante de la capital. Una ventana del décimo piso, sobre la que las cosas, los animales y la gente se mueven como marionetas por hilos invisibles. Se siente uno de esos soplos de la brisa de marzo, con ese agradable picor, que le devuelve algo de vitalidad y lucidez. Sin embargo, lo que llama su atención es lo que sucede bajo su ventana, posada en el décimo piso: los coches, la gente, los edificios, los carteles, las banderas que ondean en un edificio oficial, el ayuntamiento, la escuela, el instituto superior, un lugar hermoso frente a una gran cantidad de oro y piedras preciosas, un escrito sobre la pared con letras gruesas doradas: “Las joyas del Islam”. Parece que hablaba de alhajas y ajorcas…
Ésta es la gente que se mueve hacia un objetivo, no ven la duda, se quedan atrás, confundidos; cada uno se mueve hacia su dirección, como si la vida durase una larga hora y fuera necesario aprovechar cada uno de sus minutos y segundos.

Ella se dio cuenta al abrir la ventana que hacía más de una semana que no salía de su casa. No sabía qué hacer ni qué pensar. Como una rueda que gira hacia un vacío, un movimiento sin determinar, o una rotación sin principio ni fin.

Una semana entera en la cual ella no había salido de su casa. Tenía todo lo que le hacía falta. Entonces, ¿para qué salir? ¿A dónde salir? Y, ¿con que fin? Vive sola, sin marido ni hijo. ¿Por qué? Quizás éste era uno de los sinos de su vida. Ella trata siempre de recuperar el sentido, pero no se atreve.

Vivió toda su adolescencia militando, y no escatimó esfuerzos para dedicar los más bellos días de su vida a este tipo de actividad. Participó en la liberación del colonialismo en su país. Fue encarcelada y torturada. Organizó a mujeres en las filas contra el analfabetismo; participó en asociaciones de mujeres en todos los eventos nacionales, así como también en diversas manifestaciones sociales y políticas. Cargó sobre sus hombros los problemas de la mujer, por todo el mundo. Se imaginó que traería la victoria junto a todas las mujeres para cambiar la mirada de inferioridad hacia la mujer. Por ello, tuvo que hacer frente a todo tipo de problemas y de presiones psicológicas y sociales.

Pero no se rindió, sino que resistió y resistió, hasta que un día detuvo toda actividad y decidió dedicarse a ella misma. Se casó. Pero el matrimonio y el marido no llegaron en buen momento, como aquél que se ve obligado a llevar el traje después de la fiesta, cuando la fiesta ya ha terminado. Llegó demasiado tarde. No dio resultado. Ni en buen momento, ni en buen lugar. Como un retoño plantado fuera del periodo de siembra. El matrimonio vino fuera de temporada y no dio sus frutos.

Ella no lo hizo intencionadamente. Nunca negó la naturaleza de las cosas, de ningún modo. Pero ella misma había sido como una flor dispuesta a expandirse. Creció y amó como toda mujer deseosa y apasionada. Pero el amor en sí estaba fuera de lugar. Amaba a un hombre casado, que le doblaba la edad, sin embargo, ella no negó la ley de la naturaleza. ¿Por qué decimos hoy que su suerte fue a parar a un callejón sin salida? ¿Se trataba de las circunstancias? ¿O del destino?

Digamos que fue todo en conjunto: no fuera sembrada en época de cosecha; no fuera amada en tiempos del amor; y no se casó en tiempo de matrimonio. Fueron todas estas cosas juntas las que hicieron que nuestra heroína, hoy mujer en el umbral de los sesenta, viviera en una soledad agotadora, una monotonía moral, una melancolía constante. Incluso con los amigos, no podía mantener dedicación e interés. Para todos había sido un símbolo luminoso en muchos aspectos, pero se apagó la llama de todo eso, de la lealtad y la atención. Le dio la espalda a todos como si fueran sus enemigos, los responsables de su infelicidad. Se imaginaba la abundancia de la felicidad y de la alegría; y creía que ella había sido la única abandonada a sus penas y sus miserias. Olvidando que ellos estaban igual que ella, y que ellos habían sido solo capaces de dominar la ironía del tiempo. A veces por la voluntad, a veces por la paciencia, a veces simplemente por rendirse. Habían sido capaces de vivir su momento, sin importar cuan mediocre fuera. Así, se produjo la ruptura entre ellos. Así, se encontró consigo misma en soledad. Nunca imaginó que acabaría de esa manera.

Volvió dos pasos hacia atrás para cerrar la ventana. La vista del cielo azul, y los mechones de nubes blancas que allí nadaban, se agregaron a su dolor. ¿Qué hay que hacer con la primavera? ¿A quién le importa la primavera? ¿Por qué vendrá la primavera? ¿Cuál es el papel de esta primavera?

Aquí se vive para comer, beber y dormir como cualquier otro ser. ¿Dónde está su pensamiento? ¿Dónde están los latidos de su corazón? ¿Dónde están los sentimientos y las emociones? ¿Dónde están sus sueños, sus esperanzas y los palacios que construyó, cuando un día tuvo el derecho de soñar sin importar lo imposible que fuese?

Volvió su mirada hacia la habitación. Todo está en calma. Casi en la presencia de su tranquilidad, en silencioso silencio, muerta de la muerte de la vida en su mente y en su corazón… ¿Es ella la causa de todo? ¿Es el tiempo? ¿Son las circunstancias? ¿La sociedad? ¿El destino que nos impulsa y nos dirige en el momento, o nos imaginamos que somos dirigidos según nuestra voluntad y nuestras elecciones?

Contempla el contenido de su habitación, pero en realidad no ve con precisión. Llevaba su ropa cuidadosamente como siempre, desde que era una niña pequeña. Y tomó su bolso en mano sin tener que pensarlo y sin echar un vistazo a su aspecto en el espejo.

Abrió la puerta y la cerró desde el exterior con llave. Se movía de una forma asombrosamente mecánica. Pulsó el botón del ascensor. Se ha bloqueado. Ni el propio ascensor quiere que se mueva enérgicamente, que se funda en el mundo diario.

Comienza a descender por la escalera, paso a paso, desde el décimo piso. El ascensor está bloqueado. Se repite interiormente varias veces: es mejor así. Siempre tiene necesidad de soledad. Incluso para bajar la escalera. No sabía por qué había salido; ni por qué se quedó una semana entera sin salir; ni por qué baja ahora la escalera. Con cada escalón que descendía todo su ser se iba hundiendo, su mente se asfixiaba con la húmeda atmósfera y se sentía desalentada como si subiera en vez de bajar. Cuando llegó al quinto piso el descenso todavía continuaba, y el pavimento donde se encontraba el mundo vertiginoso quedaba todavía lejos.