L’enfant-jazz de Mohammed Dib

L’enfant-jazz de Mohammed Dib

 

Naima Benaicha Ziani
Universidad de Alicante

 

I. Nota biográfica

Mohammed Dib (1920-2003) es uno de los escritores más representativos de Argelia y de la literatura contemporánea. Está considerado como uno de los mayores y más galardonados poetas argelinos de la historia, así como un puente de unión entre la literatura francesa y la argelina junto a su contemporáneo Albert Camus.

Poeta, novelista, ensayista, autor de cuentos y obras de teatro, nació en Tlemcen (Argelia) pero pasó gran parte de su vida en Francia, tras ser expulsado en el año 1959. Su considerable obra (más de treinta textos impresos) ha recibido varios premios, entre los cuales destacan el «Gran Premio de la Francofonía» de la Academia Francesa en 1994 (otorgado por primera vez a un escritor del norte de África), y el premio «Mallarmé» por su colección de poemas El niño-jazz (1998). Murió el día 3 de mayo de 2003 en Saint-Cloud, Francia, su residencia, donde pasó sus últimos años de vida.

 

II. L’enfant-jazz

La idea central del poemario es la visión inocente del niño con el mundo que le rodea; el autor trata de profundizar éste concepto a través de los ojos de un niño abandonado, libre, no corrompido y puro. El poeta intenta reflejar y transmitir las emociones que despierta el mundo en el niño, al igual que en el mundo de la música, el jazz busca esta transmisión de emociones.

Las tres partes del libro (Aquí, Otro lugar, y La guerra) corresponden a las tres partes de la estructura (inicio, nudo y desenlace). El narrador habla a través de los ojos de un niño abandonado y desorientado que intenta aprender la esencia de la vida mediante varias e insistentes preguntas sin respuesta. El niño intenta descubrir el secreto de la felicidad, de la libertad, del abandono o del miedo en la luna que no encaja en la oscuridad, el dios loco, o en la mariposa “con sus colores vivos”.

El personaje central de la obra es un niño cuyo nombre no se especifica, pero que podría ser identificado con el propio autor, un chico que pasó su infancia en plena guerra, huérfano desde los once años. Lo que sabemos a menudo sobre el personaje es lo que ve y cómo percibe cada cosa, cada detalle. Esto hace que el autor pueda describir algo tan simple como el acto de fregar o simplemente un instante con una belleza y profundidad asombrosa. El niño-jazz comienza por ser un buen observador cuando no hay nadie a su lado y empieza a ver todo lo que le rodea. Sus preguntas son infantiles y casi obsesivas, y todo lo que observa se lo repite al oído para intentar memorizarlo. Luego, hay un momento de tránsito en el poema “La risa”, cuando el niño dice: “Si se supiera todo, ¿que quedaría por saber?”. Con esta pregunta retórica el protagonista da un paso adelante en su evolución como persona. Al final de la obra, el niño parece que se desencadena, aunque nadie lo escucha y se tiene que dirigir a un muro.

La naturaleza en general está personificada por el niño cuando intenta buscar la esencia de la vida y el significado de sus sentimientos en las cosas que le rodean. Cada objeto tiene una característica, pero son más símbolos que personajes.

Hay varios ejemplos en este sentido, como la sombra, la noche, el espejo, el corazón olvidado que simboliza el propio abandono que siente el niño, el perro pasando por la calle que es el paso del tiempo, la mariposa como la libertad y la esperanza, o la luna que no encaja como la angustia del niño. La madre tendría que ser el personaje secundario más representativo, el apoyo principal del niño, o por lo menos un escudo para su hijo, símbolo de la protección. Pero no, lo que el lector encuentra mediante la vista del niño es una madre muy estática, casi petrificada, callada. El papel de la madre en el libro es el de fortalecer la imagen del protagonista, porque un niño sin madre deja de ser niño.

Los poemas de ésta colección son muy simples. Dib utiliza el lenguaje de la inocencia para representar el mundo de la experiencia. Es decir, el lenguaje es el de un niño cualquiera, sencillo y rudimentario, que a veces da la impresión de ser incluso negligente (“Él se miraba en él”, El espejo – repetición; La calle vacía. El perro – no hay verbo; etc.). Pero el poder y el afinamiento del libro están en la misma sencillez y aparente negligencia, en la capacidad del autor de dar musicalidad a los poemas y expresar sentimientos con palabras básicas. Como el propio autor dice, “el ejercicio de la poesía exige tal afinamiento, una búsqueda tan intensa de la expresión, una concentración tal en la imagen o en la palabra, que terminamos en un callejón sin salida”.

Además de utilizar palabras simples y puras, igual que los sentimientos de un niño, el autor innova en la estructura y la puntuación; utiliza poemas sueltos y frases muy cortas. Se puede observar como casi cada línea lleva un punto al final (“Bajó los ojos. / Un arroyo fluía.”, Paisaje) o incluso frases de dos o tres palabras (“Si, dijo el niño. Sí, dijo él/ No, dijo el niño. No. dijo él/ Sí, dijo el niño. Sí, dijo él.”, Los aromas; “Sin hablar. Esperando. Sentada.”, El río).

Respecto a la puntuación, otro aspecto importante es la multitud de preguntas del niño, normales para cualquiera, pero al mismo tiempo incomodas, y muchas veces sin respuesta (“¿Qué escondía el espejo/ además de su rostro?”, El espejo; “¿Y este corazón olvidado? ¿A quién?/ ¿A quién pertenece?”, Una cosa; etc.). Son preguntas que implican silencio por parte del lector que no sabe responder, y como Dib afirma, “la poesía, como la música, está rodeada del mayor silencio”.

La técnica de escritura que ha empleado el autor es la narración con descripciones y diálogo/monólogo. Es narración porque hay alguien que cuenta todo lo que hace el niño; es un narrador omnisciente porque además de observar todos los acontecimientos, sabe y relata los sentimientos e intenciones del protagonista (“Se sintió observado.”, “Hubiera querido gritar.” – La guerra, XX; “El niño podía creer/ Que siempre seguía allí.” – El perro). Es un narrador peculiar, porque narra con la vista del mismo protagonista.

También hay descripciones cuando el narrador detalla lugares o escenas (“En ese preciso instante […]/ Cuando las personas abren/ Los ojos y se quedan dormidas.” – El momento). Diálogo no hay, pero monólogo sí, por la presencia de las frecuentes preguntas del niño anteriormente mencionadas. Es una interacción muy activa con el lector.

A primera vista, el título no corresponde al contenido porque hoy en día la palabra jazz tiene otro significado al que tenía hace medio siglo. Cuando pienso ahora en jazz, lo que veo es un saxófono, un piano, quizá gente sentada en las mesas y disfrutando de la música, y afroamericanos cantando (no esclavos). Para entender el título hay que relacionar la biografía del autor con la etimología de la palabra jazz; hay que saber que Mohammed Dib trabajó en la Universidad de California en los años 70, y que tenía una debilidad por los afroamericanos, y especialmente por el jazz y el blues. En el prefacio el autor afirma que para él, el jazz es el niño que hay dentro de cada uno de nosotros, igual que la creatividad.

La descripción es la parte más impactante porque da la oportunidad (al lector) de meterse en la piel de un niño. La infancia es algo que siempre despierta nostalgia en cada uno de nosotros, un periodo de nuestras vidas al que nos gustaría volver pero no podemos. El autor crea la vista pura e inocente de un niño con unas descripciones simples y sin abundancia de figuras retóricas.

No es un libro para los aficionados del jazz; es un libro para los aficionados a la libertad, a la esperanza, y para los que quieren leer el drama de un niño abandonado que, en plena guerra, busca la esencia de la vida. Es un libro para los que quieren ver a un niño que, sin culpa alguna, va desorientado en búsqueda de un trayecto que nadie le ha trazado.

 

III. Selección

 

La risa

Estos murmullos perdidos.
Esta luz, este oro.
Que colmaba el viento.
El niño dijo: quizá
Saldrá un monstruo
Pero ¿por qué decirlo?
Un monstruo muy hermoso.
Quizá seamos felices.
Tan hermoso, dijo.
Hubo entonces una risa.
Tan hermosa y una sola vez
Y no se repitió más.
Si se supiera todo, dijo
¿Qué quedaría por saber?
Oyó sollozar.

 

 

La mariposa

Quizá ciega.
Quizá sorda y ciega.
Sólo ella libre
En la luz del crepúsculo
Una mariposa aún danzaba.
Mudos los árboles, mudo el cielo.
Mudos los matorrales, mudos los prados.
Sólo sus colores vivos.
Y la cosa venía, ciega
Muda y quizá sorda.

 

 

El momento

En ese preciso instante
Y en el instante siguiente
Sin guerra ni muertos.

Cuando las personas abren
Los ojos y se quedan dormidas.
O cuando las flores brotan.

Por más que se les demuestre amor,
O uno se acerque, o se aleje.
No cambian su expresión.

 

 

El perro

La calle vacía.
Luego pasó un perro.

Luego otra vez vacía.
Pronto la noche cayó.
Cayó despacio.

¿Qué vendría ahora?
No fue un perro
Lo que pasó. Sino el tiempo.

Así pasaron mil años
El niño podía creer
Que siempre seguía allí.

 

 

La Guerra

XX

Hizo un gesto
Se sintió observado
Tan sólo que la guerra

Arrastraba mucha belleza
Se podía morir por ella.
Yo no, decía él.

Hubiera querido gritar.
La guerra avanzaba iluminando
La calle con su rostro.

Yo no, decía él.
Yo no. Este vacío oscuro
Que no acaba.

La oscuridad es mi amiga.
Y la luz de la guerra
Que inunda la calle.

Llego ante un muro
Y grito. Grito oscuridad.

PORTADA DEL NIÑO JAZZ EN CASTELLANO PORTADA EN FRANCÉS