Zinuba, la hija del portero Bouziane. Escena dramática de la obra Los dichos de Abdelkader Alloula

ZINUBA, LA HIJA DEL PORTERO BOUZIANE.
ESCENA DRAMÁTICA DE LA OBRA
LOS DICHOS DE ABDELKADER ALLOULA

Texto dispuesto para la imprenta y traducción de
Naima Benaicha Ziani

Zinuba1, la hija del portero Bouziane, tiene doce años. Es menudita, bajita y aparenta, más bien, ocho. Sus brazos y sus piernas son delgados y frágiles. Sus ojos, grandes y de color canela, resaltan su dulce y hermosa cara. Se arrugan cuando se enfada y sonríen cuando se ríe.

Zinuba, la hija del portero Bouziane, está enferma del corazón y los médicos no le encuentran cura. Su corazón es enorme, tiene el volumen de dos corazones y late rápido. Los médicos dicen que es una anomalía y si cuidan de ella puede vivir con ello. Le prohibieron tomar café, correr, hacer deporte y otras cosas más. Aconsejan a sus padres no llevarle la contraria: “hacerle caso y no hagáis nada que le enoje. No dejéis que se tome nada a pecho y haced que cambie de aires de vez en cuando”.

Zinuba, la hija de Bouziane, el portero, es todo un ejemplo en el instituto por su comportamiento e inteligencia. Tiene a los profesores deslumbrados y los alumnos, a veces, sienten celos de ella y, cuando le oprime el corazón, la compadecen. Cuando le sobreviene una crisis, sus labios y sus dedos se ponen morados, entonces lleva su mano a su pecho, empieza a respirar hondo y dice: “ya se me pasará”. Sabe que su enfermedad no tiene cura. En varias ocasiones hablé2 con los médicos y se lo expliqué todo a sus padres. Cuánto se enfurece cuando le preguntan: ¿y por qué no pruebas ir al extranjero?…

Zinuba, la hija de Bouziane, el portero, es inteligente, muy sensible y su mirada es penetrante. Sabe leer en el interior de las personas con pericia. Sus padres no le riñen ni tampoco le ocultan nada. La tratan como a un adulto y lo consultan todo con ella. Para sus vacaciones, Zinuba pidió a su madre que la envíe para que cambie de aires a casa de su tío Djilali. Su padre pidió un adelanto en el trabajo y le compró un vestido. El resto del dinero lo guardó para el alquiler y otras cosas…

Zinuba, la hija de Bouziane, el portero, se despertó temprano. Despacito y por el hombro, la sacudió su madre y le dijo: ya es hora de levantarte y prepararte, hija. Con alegría, se estiró Zinuba y de un salto, se levantó. El olor de la leche hervida3 le hizo rascarse la nariz. Miró hacia el armario, donde aún dormían sus hermanos. Uno estaba con los brazos estirados encima del otro como si lo abrazara y la más pequeña con la manta fuera de la cama, su cabeza encima de la alfombra y sus pies sobre la almohada. Sonrió y miró hacia su padre, en su cama, dormido, como siempre, boca arriba, con el bigote apuntando hacia el cielo tal como un árbol. Adoraba a su padre. Se lanzó sobre él para besarle, tropezó y le besó en la nariz. No se movió y tampoco dijo nada. Déjale, Zinuba, acaba de acostarse, dijo su madre. Se echó otra vez, le besó y le pellizcó con sus labios. Entonces, movió sus labios y su bigote y dijo: vete, que Dios te aleje y te castigue maldito diablo4 y volvió a acostarse de lado. Se levantó corriendo de alegría diciendo a su madre: lo dijo, lo dijo…

Se puso su nuevo vestido y corrió para abrazar a su madre. Dijo: estoy contenta, me gusta el vestido. Su madre le contestó: anda, tomate la leche, hija, date prisa antes de que sea tarde. Te puse una muda, unos caramelos para tus primos, medio kilo de henna y medio kilo de almendras para tu tía y tres cajas de tabaco para tu tío, así no dirán que llegaste con las manos vacías… esto que ves envuelto en el papel es un bocadillo con huevos para que comas en el camino. No tengo hambre, dijo Zineb… llévatelo hija, contestó su madre… el camino es largo y en el viaje pasarás hambre… y si ves que no tienes apetito, no comas, no te obligues. La alegría en ocasiones quita el hambre.

Desayunaron rápidamente y su madre con mucha precaución, aguantando la respiración, evitando pisar a Bouziane poniendo un pie por aquí y otro por allá, mete su mano en el bolsillo de la chaqueta de su marido y coge dinero. Zineb imitando a su padre, le lanzó desde la mesa: vete, que Dios te aleje y te castigue, maldito diablo.

―Toma sesenta duros5, por si tienes sed en el camino y quieres tomarte algo. Vamos hija, dijo la madre recogiendo los vasos. Cogió su ksa6, se cubrió el cuerpo llevando su mano a su pecho asegurándose que el dinero del alquiler estaba bien guardado.